• Hermosillo, Sonora, México a     |  Año 29 No. 11    

Muere a los 70 años Cassandra Wilson, una de las grandes voces de la historia del jazz

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Nota publicada: 2026-09-03

Cassandra Wilson, una de las grandes cantantes de la historia del jazz, considerada por los expertos a la par de Ella Fitzgerald, Billie Holiday y Nina Simone, falleció este primero de septiembre a los 70 años. Su transición fue pacífica, en su casa, rodeada por su familia y amigos íntimos, informó su representante.

Su muerte fue sorpresiva: en su página web luce en la portada una foto donde esplende su belleza y el anuncio de un concierto en celebración de su trigésimo aniversario profesional, titulado Hija de la luna llena.

Su profunda voz de contralto-mezzosoprano conmovió al mundo del jazz por su franqueza, libertad y el uso que le otorgaba como el de un instrumento musical perfecto y lleno de voluptuosidad.

Una manera de apreciar su grandeza es su disco Loverly, que comienza así:

Arpegios surcan la atmósfera: una guitarra cuyas cuerdas suenan como un enjambre en celo, un piano cuyas teclas, cuando suenan, asemejan una fuente danzarina y un contrabajo que chicotea como el zángano lo hace cuando rinde su deber sobre la reina: los artefactos ígneos del placer.

El paisaje acústico se completa en cuanto entra en escena una línea de canto color café claro, ojos profundos, decires extremos, originalidad de pensamiento y su frase derriba de inmediato las últimas resistencias de quien no se había rendido aún: amor mío, ven a mí, dice la voz y remata una trompeta en sordina cubriendo de velos de seda y lino las turgencias.

El título del disco tiene una coherencia extraordinaria con la voz de Cassandra Wilson: Loverly, amoroso y ardoroso, juego de palabras que lo mismo dice adorable que amoroso que amatorio, amatoriamente (loverly) en el sentido de los escritos de los sabios que se han ocupado del placer.

La voz de Cassandra Wilson conjunta atmósferas vaporosas, por ejemplo los momentos íntimos de El Amadís de Gaula o la partitura entera de Daphnis et Chloe, de Maurice Ravel.

Voluptuoso. He aquí un disco lleno de placer erótico con la mayor finura y justeza. Erótico en cuanto contundente sin mostrarse. Un zumo, aroma, guiño al Cantar de los cantares.

Ese disco, Loverly, se solaza en un ámbito abiertamente erótico pero intensamente discreto. Lo apenas mostrado, lo inherente, lo sugerido.

Es por eso que el fraseo del piano asemeja jadeos, la forma de plantar aromas de papaya verde de la guitarra con un slide de inexorable alargamiento, suave y lento, la levedad aromática de los arpegios, pero sobre todo la manera de cantar, la forma de decir, la tesitura tan llena de gracia y de misterio de esta intérprete.

La música de Cassandra Wilson tiene todos los merecimientos artísticos y técnicos. Incorpora su voz a la masa de sonido del conjunto instrumental, como un instrumento más. Su cuerpo, de labios carnosos, su color café, sus ojos profundos, su voz de contralto-mezzosoprano. Todo en su arte es extraordinario.

Así como la trompeta en sordina de Miles Davis es un sinónimo de la palabra noche, la voz de Cassandra Wilson es el rugido potente de un relámpago en medio de una tempestad. La luz de ese relámpago, mientras tanto, apacigua el todo y nos asiste una sensación de ligera calma, de intensa liviandad.

Hay varias Cassandra Wilson porque cada uno de sus discos es diferente a los anteriores y a los que le siguen. Lo cierto es que su voz es inconfundible.

Si hay un ligero aumento de luz en el ambiente es porque está sonando un disco de Cassandra Wilson.

Brilla en su luz la eternidad.



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