Nota publicada: 2026-08-30
El nuevo parche al sistema de salud: Las maquinitas.
La salud pública en México ha dejado de ser un derecho garantizado para convertirse en un doloroso experimento de ocurrencias gubernamentales. La más reciente genialidad del aparato oficial consiste en anunciar con bombo y platillo la instalación de máquinas expendedoras de medicamentos y una red de farmacias automatizadas activadas mediante códigos QR ¿En serio?
La escena, que pretende proyectar una imagen de modernidad futurista, es en realidad la fachada de una tragedia logística y humana. Pretender que un cajero automático sustituya la compleja cadena de suministro que el propio gobierno desmanteló no es innovación, sino una burla para los millones de mexicanos que diariamente regresan a casa con las manos vacías y recetas sin surtir. Este nuevo proyecto de las maquinitas no es un hecho aislado, sino el eslabón más reciente de un cementerio de programas fallidos que define la política sanitaria de los últimos años. Todo comenzó con la destrucción del Seguro Popular para dar paso al INSABI, un instituto nacido sin reglas de operación ni presupuesto claro que prometía atención médica universal y gratuita, pero que terminó disuelto en el fracaso absoluto y la opacidad. A la par, vimos desfilar programas mediáticos como "Médico en tu Casa" y la pomposa Megafarmacia de Huehuetoca, un elefante blanco monumental que costó miles de millones de pesos bajo la promesa de surtir cualquier fármaco en 48 horas, pero que hoy opera como una bodega gigante prácticamente vacía. Cada transición ha dejado un vacío institucional más profundo y un sistema cada vez más desarticulado. Lo verdaderamente indignante de este carrusel de ensayos y errores es que cada capricho político se financia con el dinero de los contribuyentes. Los miles de millones de pesos sepultados en el INSABI, en la Megafarmacia inoperante y ahora en la infraestructura de estos dispensadores automáticos representan recursos públicos desviados de lo verdaderamente urgente: la compra real de medicamentos, el mantenimiento de hospitales y la contratación de personal médico. El costo real de esta propaganda no se mide solo en pesos, sino en el gasto de bolsillo de las familias mexicanas, quienes se ven obligadas a empeñar lo poco que tienen para comprar paracetamol, insulinas o quimioterapias en el sector privado debido al desabasto crónico del sector público. Si los almacenes centrales carecen de inventario, resulta absurdo pensar que los fármacos aparecerán por arte de magia dentro de una máquina expendedora.
La proyección a futuro para la salud en México es alarmante. Al limitar la oferta de estos nuevos dispensadores a un puñado de medicamentos básicos, el gobierno reduce el derecho a la salud a una atención médica superficial, ignorando por completo la complejidad de las enfermedades crónicas y degenerativas que azotan al país. Sin una reforma estructural integral, sin transparencia en las licitaciones y sin una verdadera red de distribución que garantice la cadena de frío, el sistema de salud se encamina hacia un colapso definitivo. El panorama que nos espera no es el de una cobertura médica universal similar a la de los países nórdicos, sino el de una simulación tecnológica costosa donde los ciudadanos seguirán pagando con su dinero, y muchas veces con su vida, las consecuencias de gobernar a base de ocurrencias.
Dr. César Álvarez Pacheco
@cesar_alvarezp
Huatabampo, Sonora