Nota publicada: 2026-08-02
Las pinturas de Kahlo
Los autorretratos de Frida Kahlo son inconfundibles. A menudo, también pueden interpretarse como una reflexión sobre la enfermedad, las lesiones y el dolor crónico. Por supuesto, no como una documentación clínica, sino como una elaboración artística de una biografía marcada, desde temprana edad, por la poliomielitis, un grave trauma producto de un accidente, repetidas cirugías y una creciente limitación física.
Un análisis publicado en 2017 en Physical Therapy consideró la vida y la obra de Kahlo como un relato clínico del dolor crónico. Cinco años más tarde, un estudio en las páginas de Frontiers in Human Neuroscience adoptó un enfoque diferente. Analizó cuantitativamente los autorretratos de Kahlo y se preguntó: ¿Se pueden medir el dolor y la ira a través del color, el brillo y el contraste? En conjunto, ambos trabajos muestran por qué la obra de Frida Kahlo es relevante desde el punto de vista médico: nos adentra en una biografía en la cual el trauma, el dolor, la imagen corporal y la expresión artística están estrechamente entrelazados. Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón nació el 6 de julio de 1907 en Coyoacán, un suburbio de la Ciudad de México. A los seis años enfermó de poliomielitis. Tras un largo periodo de reposo en cama, que resultó en debilidad muscular y atrofia; su pierna derecha se desarrolló menos que la izquierda. Esto provocó una diferencia en la longitud de las piernas, una alteración en la posición de la pelvis y una escoliosis funcional. Entre los síntomas típicos se encuentran: dolor, fatiga, insomnio, movilidad limitada y estrés emocional. Asimismo, pueden presentarse sensación de frío, cianosis o palidez en la extremidad afectada. En el caso de Kahlo, más tarde se sumó una insuficiencia vascular, que finalmente contribuyó a la amputación. Luego se produjo otro suceso grave. Cuando era adolescente, Kahlo resultó gravemente herida en un choque entre un autobús y un tranvía. Se documentaron fracturas de clavícula, costillas, columna vertebral, codo, pelvis, pierna y pie. El pie derecho quedó aplastado; ambos tobillos y hombros se dislocaron. Una barra de hierro le penetró en la cadera izquierda y salió por el suelo pélvico. Kahlo sobrevivió, pero tuvo que lidiar con las secuelas durante años. A veces, el cuerpo parece haber sanado, mientras que el sistema nervioso continúa procesando señales de dolor. Las pinturas de Kahlo le dan forma a esta experiencia. En La columna rota, de 1944, una columna antigua rota ocupa el lugar de su columna vertebral, un corsé sostiene el torso y unos clavos atraviesan la piel y la pierna. El dolor de espalda siguió siendo uno de sus principales problemas después del accidente. Leo Eloesser, médico en San Francisco, Estados Unidos, y más tarde amigo íntimo de Kahlo, diagnosticó mediante radiografías una escoliosis lumbar. Queda sin aclarar si era congénita o si se debía a una diferencia funcional en la longitud de las piernas. En cualquier caso, las múltiples fracturas de la columna vertebral se sumaron a una situación inicial de estrés biomecánico. Las intervenciones posteriores no lograron una mejoría estable.
El trabajo publicado en Frontiers in Human Neuroscience parte de la idea de que, desde una perspectiva longitudinal, el arte puede contener indicios clínicamente relevantes. El grupo de trabajo limitó su análisis a los autorretratos de Kahlo, ya que ofrecen un motivo relativamente constante: la misma persona, una propuesta pictórica similar, pero situaciones de vida cambiantes. Al mismo tiempo, el estudio no concibe al autorretrato como una mera representación de la apariencia física, sino como un proyecto identitario complejo. Se analizaron 43 autorretratos a color catalogados. Con base en datos biográficos y catalogados, el equipo de investigación evaluó cada imagen para determinar si en ella se pretendía expresar dolor, desamor o ira. Aproximadamente la mitad, 22 obras, obtuvieron una puntuación positiva. Posteriormente, desglosaron los archivos de imagen digitales en espacios de color: canales rojo-verde-azul, tono-saturación-brillo y el espacio CIELAB con brillo percibido. Se encontraron valores particularmente altos en la proporción de rojo y en la luminosidad percibida en Autorretrato, dedicado al Dr. Sigmund Firestone, de 1940, y en Autorretrato como tehuana, iniciado en 1940 y terminado en 1943. También llama la atención en el análisis La columna rota: la dimensión fractal con la que los investigadores e investigadoras captaron la complejidad compositiva fue aquí la más elevada, lo cual concuerda con la posición especial que ocupa esta obra en la historia del arte. Los colaboradores ven en ello un punto de partida para el uso clínico del análisis cuantitativo de imágenes por ejemplo, como herramienta de apoyo en intervenciones de arteterapia para enfermedades mentales.
Dr. César Álvarez Pacheco
@cesar_alvarezp
Huatabampo, Sonora