• Hermosillo, Sonora, México a     |  Año 29 No. 11    

Elena Poniatowska Amor celebra 94 años entre libros, memoria y amor por las historias

LA JORNADA /




Nota publicada: 2026-05-18

Elena Poniatowska Amor sale a la calle a buscar historias. Observa, pregunta. Mira un edificio y quiere saber quién lo imaginó; escucha fragmentos de conversaciones y siente la necesidad de acercarse; cruza el Zócalo de la Ciudad de México y descubre un rostro, una tristeza o una risa que merecen ser narradas.

La escritora y periodista cumple 94 años este martes 19 de mayo y su curiosidad permanece intacta. “Camino mucho, salgo y, claro, sigo haciendo lo mismo que ustedes: platico con la gente, hago crónicas, así que llevo una vida normal, absolutamente. Todo me conmueve, por eso escribo”, dice en entrevista con La Jornada en su casa, en el sur de la capital.

La planta baja parece levantada alrededor de los libros. Las paredes están prácticamente tapizadas por anaqueles: poesía de Pablo Neruda, cuentos de Oscar Wilde, novelas de Haruki Murakami, títulos de Rosa Montero sobre el oficio periodístico, clásicos rusos, autores mexicanos, miles de ejemplares, novedades recientes y ediciones desgastadas por el tiempo y el uso.

No hay televisores ni aparatos que disputen espacio a la palabra escrita. “No concibo una pared sin un librero”, afirma mientras su mirada se pierde entre los estantes que la rodean como una segunda arquitectura. También la arropan flores lilas, blancas, amarillas y fucsias; fotografías familiares, santos, volcanes y acuarelas, así como una muñeca hecha a semejanza suya, regalo de Fernando Rivera Calderón.

Poniatowska Amor pinta bodegones y paisajes. Entre los cuadros hay una Virgen, un retrato de Claudia Sheinbaum y otro del Popocatépetl junto al Iztaccíhuatl. Literatura, plantas y memoria conviven bajo el mismo techo.

Mientras Elena Poniatowska habla, una gata maúlla, rodea el sillón amarillo y se acomoda junto a ella con absoluta familiaridad. La escritora sonríe y la define en una sola frase: “es muy chismosa”.

La felina forma parte de una dupla bautizada en honor a Carlos Monsiváis. Una se llama Váis; la otra, Monsi, que “escogió irse los primeros días de la pandemia”. De esta última aún conserva un retrato entre flores, libros y fotografías familiares.

La charla con la también colaboradora de La Jornada sigue el ritmo de sus recuerdos: una imagen lleva a la otra. Los gatos la conducen a viejas amistades que marcaron buena parte de su vida. Surgen entonces Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, Vicente Rojo y Tito Monterroso. Habla del ingenio de este autor guatemalteco, de la disciplina de Rojo frente al suplemento cultural de Novedades y de su cercanía entrañable con Castellanos. Pero evita quedar atrapada en el pasado. “No, no creo que sea nostalgia, siempre hablo desde el agradecimiento de mi presencia en el mundo”.

Luego vienen sus querencias que se han ido, los nombres que ya no están y los recuerdos que sobreviven: “claro que ahora se me han ido grandes amigos y me invitan a hablar de ellos. Entonces, en eso sí puede haber melancolía, pero en general nunca he vivido desde ahí”.

Tampoco le gusta que le recorten el apellido de su madre, Paula Amor, pues en ella permanece una parte íntima de su historia. “A mí me enseñaban a comer de todo, porque soy una niña de la guerra”.

La frase abre paso a su país natal, Francia, a la Segunda Guerra Mundial y a la llegada a nuestro país en 1942, donde años más tarde se naturalizaría mexicana. Vivió entonces en casa de su abuela Elena Iturbe, en la calle Berlín de la colonia Juárez, donde la familia llegó a tener cerca de 40 perros rescatados, todos con nombres de ópera, como Rigoletto y Fausto.

La cercanía con los animales continúa hasta hoy. También el gusto por las plantas, el ganchillo, las bicicletas, los caballos y el mar. “Tuve el privilegio de hacer todas esas cosas”, afirma antes de mirar algunas macetas que rodean la sala. “Por lo visto están contentas conmigo”.

Escribe, pinta, teje, remienda calcetines y todavía conserva la misma necesidad de entender cómo están hechas las cosas. De joven quiso saber quién era Carlos Chávez, cómo trabajaba un director de orquesta o quién había imaginado las torres de Satélite.

Si escuchaba que Tongolele se presentaba en el teatro Blanquita, iba a verla. Nunca se distanció de un mural, una vedete, un edificio o una charla callejera; todo podía convertirse en una puerta para acercarse a los demás.

Su cabello blanco cae apenas sobre los hombros y sus manos, delgadas y quietas, se entrelazan mientras recuerda los grandes muros de Luis Barragán. “Mi reacción era: quiero ir a preguntarle cómo lo hace”.

El periodismo aparece una y otra vez en la charla con Poniatowska Amor, es el eterno hilo conductor de la autora de La noche de Tlatelolco, Premio Cervantes 2013, quien habla de banquetas, camiones, plazas y estaciones del Metro con la naturalidad de quien ha pasado buena parte de su vida escuchando a los demás.

“Me levanto y hago preguntas. El chiste en este oficio es lograr que hable el que está caminando al lado tuyo. La comunicación es inmediata o no es.”

Muchas de esas voces terminaron entrando en sus crónicas, entrevistas y novelas. Ahí están las muchachas que subían a las azoteas para tender sábanas y le contaban de sus amores y los “besos muy tronados” que recibían en Paseo de la Reforma. También plomeros, albañiles y trabajadores que llegaban a reparar una llave o un excusado. “Todas esas cosas me gustaban mucho”.

Cuando Elena escucha la pregunta sobre si “todavía” lee, levanta apenas la voz y responde con humor: “no me he muerto. Mi oficio es leer. Leo, leo”. Después menciona a Dostoyevski, Tolstói y Miguel León-Portilla, sus acompañantes de toda la vida.

En la escritura tampoco hay rituales, añade. “No necesito café, comerme un chorizo ni un huevo estrellado; nada necesito”. Aun así, admite una deuda consigo misma: “lo que quisiera hacer es una buena novela”. Sonríe cuando se le pregunta si ya trabaja en ella. “No, ahorita no, porque estoy con ustedes sentada respondiendo a sus preguntas”.

La periodista sólo reconoce una dificultad verdadera: la tristeza. Aquella que le dejó la matanza estudiantil de 1968 y el terremoto de 1985, y que sigue apareciendo como herida abierta: “Vi disparos, edificios derrumbados y familias que perdieron la casa o a sus muertos”.

También vuelve a Lecumberri, cárcel que visitó innumerables veces porque ahí encontraba relatos imposibles de hallar en otro sitio. “La gente está totalmente dispuesta a contarte sus mentiras o sus verdades más prodigiosas”. Pero la oscuridad nunca dura demasiado. “Si usted me saca a bailar ahorita, bailo con usted”.

“Todo lo que tengo se queda aquí”

La celebración por sus 94 años llegará sin ceremonias excesivas, una comida con sus hijos Emmanuel, Felipe y Paula Haro.

Los homenajes parecen importarle menos que los libros, los archivos y la permanencia de la memoria escrita.

Uno de sus orgullos más recientes, cuenta con entusiasmo, es la organización sin fines de lucro que lleva su nombre, concebida como un vínculo entre la cultura y la memoria histórica del país. “Me da mucho gusto que la Fundación Elena Poniatowska Amor esté en México.

“Lamento que numerosos acervos literarios hayan terminado en universidades estadunidenses. Todo lo que tengo se queda aquí. Es un regalo para la gente. Hay muchos investigadores mexicanos que tienen que ir a Harvard, Princeton, Yale o Stanford para consultar documentos fundamentales de nuestra literatura.”

Elena Poniatowska Amor concluye: “La Jornada ha sido muy importante en mi trayectoria profesional, y agradezco mucho a los lectores que me hayan acompañado durante tantos años. Respecto de las nuevas generaciones y las herramientas digitales, no puedo aconsejarles nada, porque no me siento una Sara García del periodismo”.

El silencio dura apenas unos segundos. Después llega una idea que parece resumir buena parte de su manera de mirar el mundo: “la originalidad es sagrada”.


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