• Hermosillo, Sonora, México a     |  Año 29 No. 11    

Los límites emocionales como base de una relación sana

TermómetroenLínea /




Nota publicada: 2026-01-02

Hay un momento silencioso en muchas relaciones en el que algo empieza a doler, aunque todo “esté bien”. No hay gritos, no hay rupturas, no hay dramas evidentes. Solo una sensación difusa: cansancio, incomodidad, la impresión de estar cediendo demasiado… otra vez. Y casi siempre, detrás de eso, hay límites que nunca se dijeron en voz alta.

Las relaciones de pareja son de las experiencias más intensas que vivimos. Nos acercan, nos sostienen, nos ilusionan. Pero también tienen una habilidad especial para sacar a la superficie lo que más nos cuesta mirar: el miedo a perder, la inseguridad, la culpa por decir “no”, el temor a incomodar. Ahí es donde los límites dejan de ser una palabra de moda y se convierten en una necesidad real.

Porque poner límites no es levantar muros ni jugar al poder. No es imponer reglas ni castigar al otro. Es algo mucho más sencillo —y más difícil—: tomar decisiones conscientes sobre lo que necesitas, lo que puedes dar y lo que no. Decir “hasta aquí” sin sentir que estás rompiendo algo, cuando en realidad lo estás cuidando.

Muchas personas no tienen problemas para amar, pero sí para no desaparecer dentro de la relación. Se adaptan, callan, postergan lo propio “por el bien de la pareja”, hasta que un día se dan cuenta de que viven tensos, inseguros, irritables… y no entienden por qué. La respuesta suele ser incómoda: se dejaron a sí mismos fuera de la ecuación.

¿Y por qué cuesta tanto poner límites justo con quien más queremos? Porque el vínculo es íntimo. Porque hay miedo a que el otro se enfade, se aleje o piense que ya no le queremos. Porque cuando la autoestima depende demasiado de la aprobación externa, decir lo que uno siente se vuelve arriesgado. Y porque la ansiedad nos mantiene en alerta constante, anticipando conflictos que aún no existen.

El problema es que evitar el conflicto no lo elimina: solo lo pospone. Y mientras tanto, el desgaste crece.

Los límites sanos no controlan al otro ni restringen el amor. Son como la orilla del mar: flexibles, cambiantes, pero necesarias para que el agua no lo invada todo. Marcan el espacio donde sigues siendo tú, incluso cuando compartes la vida con alguien más. Te permiten decir qué quieres compartir, cuánto espacio necesitas, qué te hace bien y qué no estás dispuesto a vivir.

Y aquí aparece una verdad incómoda pero liberadora: en una relación hay dos personas, pero solo una está bajo tu gestión directa. Tú. El cambio real no empieza cuando el otro entiende, cambia o reacciona distinto. Empieza cuando te conoces mejor, fortaleces tu autoestima, aprendes a comunicarte con claridad y te haces cargo de tus decisiones emocionales.

Poner límites no rompe relaciones sanas; las fortalece. Las que no sobreviven a un límite claro, probablemente ya estaban sostenidas sobre el silencio y el sacrificio.

Al final, trabajar en ti no es egoísmo. Es responsabilidad emocional. Y cuando eliges cuidarte, no solo mejoras tu relación de pareja: mejoras la relación más importante de todas, la que tienes contigo.


Más información en esta sección ..

Opiniones