• Hermosillo, Sonora, México a     |  Año 20 No. 690    

La corrupción que no queremos ver

Omar Alí López Herrera / olopezh@hmo.megared.net.mx




Nota publicada: 2018-01-21


 

¿Qué tan importante son para usted las cosas materiales?

El modelo económico en el que vivimos dicta la pauta del precio de las cosas; pero es la sociedad, a través de múltiples medios, la que determina su importancia así como la prioridad de poseerlas.

Caracterizar lo material –darle importancia, por ejemplo– es una práctica muy común y hacerlo es al final una decisión personal motivada por un sinfín de factores, la mayoría de ellos emocionales.

Un ejemplo muy clásico de esto es la moda en el vestir. Hay personas que se sienten bien usando cualquier clase de ropa; pero hay otras que no, porque para sentirse bien las prendas de vestir deben ser de una marca o tipo particulares.

La tecnología revolucionó este comportamiento humano y se establece como criterio prioritario para el precio y el valor de las cosas; mientras más componentes tecnológicos tengan más caras serán. Mientras que, por otra parte, la tecnología viene además a llenar vacíos emocionales producidos por nuestros defectos de carácter.

Hemos alcanzado un alto nivel de dependencia a la tecnología. El ejemplo más evidente sería el teléfono celular; pero hay muchos más que, con el pretexto de hacer la vida más sencilla, sustituyen prácticas, métodos y técnicas utilizadas desde años atrás.

Antes acostumbrábamos anotar todo en una agenda, hoy usamos el teléfono. Antes utilizábamos revistas para leer dentro del baño, hoy usamos el teléfono. Antes leíamos libros y periódicos de papel, hoy usamos el teléfono.

Algunos alumnos míos me han confesado que incluso contestan mensajes mientras se bañan. Al escuchar el sonido, abren la cortina o el cancel para revisar el mensaje “porque podría ser un mensaje urgente”, dicen.

¿Y qué pasa cuando se pierde el celular o lo dejamos olvidado en alguna parte?

Es probable que algunos lectores hayan pasado por semejante trance. Lo primero es una extraña sensación de que la mente les está jugando una mala pasada de pérdida de memoria, pero a medida que pasa el tiempo y no se encuentra, comienza a presentarse cierta ansiedad. Se hace uso de otros teléfonos para llamarle y, al no encontrar el aparato la ansiedad comienza a convertirse en angustia. En este punto, el rostro se desencaja.

Si tenemos registrado el sistema de localización del teléfono, tratamos de ubicarlo por internet; pero si no –que muchos no lo activan para que nadie sepa dónde andan– no hay mucho por hacer.

Marcamos muchas veces con la esperanza de que alguien nos conteste, pero el golpe final viene cuando nos manda directo al buzón… Ahí pensamos, “¿se le acabaría la pila?”

Así, para reponer el teléfono vamos a interponer una denuncia de robo al Ministerio Público mientras maldecimos en silencio a aquél que se quedó con nuestro teléfono. Vamos desde temprano para no terminar tarde el trámite y llevar la denuncia interpuesta a la compañía para hacer válido el seguro.

Por fin, damos las cosas por perdidas y, camino a casa, mientras sufrimos por la mala suerte, vemos que alguien intenta entrar a la casa del vecino y nos decimos: “para qué digo algo, si nunca viene la Policía”.



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